El mismo criterio aplica a la integridad del proceso. Menos teoría y más respuestas a una pregunta incómoda
María Cabrelles, directora en DEKRA Advisory and Training España
09/03/2026Hace ya tiempo, las organizaciones más avanzadas han entendido la seguridad de un modo más amplio y exigente. Ya no la miden únicamente por la siniestralidad o por el grado de cumplimiento, sino por su impacto real en la operación y en la protección de las personas y del entorno: paradas evitadas, tiempos de recuperación más cortos, estabilidad de los procesos y capacidad de mantener la cadena logística en marcha sin comprometer la seguridad y la integridad. El cambio de paradigma ya no es teórico. Hoy, gestionar la seguridad como un eje estratégico no es una opción, sino la base para operar de forma segura, sostenible y continua.
No se trata únicamente de una evolución técnica. El contexto industrial se ha vuelto más complejo e interdependiente. En plantas, terminales y centros logísticos conviven riesgos conocidos con otros emergentes, impulsados por la digitalización, la convergencia entre seguridad física y ciberseguridad industrial y la introducción de nuevos sistemas de almacenamiento energético —como baterías o instalaciones de hidrógeno— que modifican los escenarios de riesgo y las necesidades de control.
A ello se suma un cambio significativo en los equipos humanos: mayor rotación, jubilaciones que aceleran la pérdida de conocimiento experto y la incorporación de perfiles menos familiarizados con los riesgos críticos de la operación. Esta combinación de factores exige replantear la forma de gestionar la seguridad desde una perspectiva más integrada, capaz de reforzar la protección de las personas y los activos, al tiempo que mejora la resiliencia operativa.
En logística, además, el riesgo se concentra en las interfaces. La mayor parte de los incidentes relevantes se producen en operaciones de carga y descarga, en maniobras, en la interacción entre vehículos y personas o en situaciones de alta actividad. Mejorar la segregación, definir rutas seguras, reducir la variabilidad operativa y reforzar los controles no solo reduce la accidentalidad, sino que aporta estabilidad y fiabilidad a toda la cadena.
También está cambiando cómo se evalúa la seguridad en la práctica. Las auditorías evolucionan hacia enfoques basados en riesgo, que priorizan los elementos críticos y buscan evidencias de eficacia real. La observación de tareas, el muestreo de barreras y la trazabilidad aportan una visión mucho más cercana a la realidad operativa que la revisión documental por sí sola.
Y, aun con todo, ningún sistema funciona sin una cultura sólida. El componente decisivo es cómo el liderazgo establece, refuerza y verifica los hábitos que sostienen la seguridad: la capacidad de detener un trabajo inseguro, de intervenir ante una desviación, de reportar incidentes o de aprender de los fallos antes de que se conviertan en accidentes. Cuando la cultura está bien definida desde arriba y se traduce en disciplina operativa en campo, las barreras se mantienen efectivas y no se normalizan las desviaciones.
En un entorno cada vez más exigente, la diferencia entre una operación que simplemente cumple y otra que resiste está en su capacidad para mantener la integridad de sus barreras y recuperarse rápidamente ante una desviación. Y es ahí donde la seguridad ocupa el lugar que le corresponde: en el centro de la protección de las personas, de los activos y de la continuidad operativa.
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