El muelle es el centro neurálgico donde se comprueba si logística y transporte funcionan como una sola cadena
Buena parte del problema nace de cómo se entiende la gestión de citas. En muchas organizaciones sigue reduciéndose a repartir franjas horarias: se asigna una hora al transportista y se da por hecha la coordinación.
El resultado es conocido: colas de camiones en los accesos, picos de actividad imposibles de absorber, conductores que esperan horas y equipos de muelle que improvisan, todo ello sostenido por hojas de cálculo y cadenas de correos que intentan suplir una planificación compartida que no existe.
Para que funcione, tres planos deben moverse al unísono. Los recursos del almacén y sus limitaciones reales, la planificación del transporte con sus pedidos, ventanas horarias y condicionantes por transportista, y la ejecución en tiempo real, desde la llegada del vehículo hasta su salida, incidencias incluidas.
Pero esa visibilidad solo es útil si admite flexibilidad. Un retraso, un muelle fuera de servicio o un cambio de última hora forman parte del día a día, y un buen modelo debe absorberlos sin desmontar el resto del plan.
El muelle, en definitiva, es el centro neurálgico donde se comprueba si logística y transporte funcionan como una sola cadena o como dos organizaciones que se cruzan.
Quien lo planifica con el mismo rigor que el resto de la operación convierte un cuello de botella en ventaja competitiva; quien lo deja a la improvisación seguirá pagando, turno tras turno, el precio de no haberse puesto de acuerdo.
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